En el interior de los coches se fraguan auténticos desastres de pareja. He sido testigo y sufrido en mis carnes la enjundia de discusiones capaces de generar terremotos que se saldrían de la cacareada escala sismográfica de Richter. Quizás todo se deba a esa mezcla insana de claustrofobia y agobio que suele generarse dentro del coche, aunque yo me inclino más por la poderosa capacidad que posee el navegador GPS para sembrar la discordia entre personas que se quieren. El navegador es, sin lugar a duda, un aparato de extraordinaria utilidad, tecnología puntera capaz de llevarnos a los lugares más recónditos, pero convendréis conmigo que, a veces, el chisme parece engendrado por el mismísimo diablo. Bajo la voz dictatorial del navegador cualquier rotonda con más de cuatro salidas puede desencadenar un Armagedón de proporciones bíblicas o provocar un intercambio de opiniones poco amistosas que enrarecerán irremediablemente la atmósfera por lo que queda de viaje. Por fortuna, nuestra pareja de hoy ha decidido venir a pasar la noche a uno de nuestros Hoteles Burbuja. El viaje, de apenas una hora, ha experimentado varias fases, desde la emoción del principio a la impaciencia por llegar, pasando por un vía crucis propiciado por nuestro queridísimo amigo el navegador que, tras perder la señal GPS, ha decidido anunciar que “ a doscientos metros gire a su derecha y habrá llegado a su destino” , cosa que habría estado francamente bien de no ser porque a doscientos
metros a la derecha se abría un pequeño terraplén cuajado de arbustos y zarzas.
Pero no llegará la cosa a mayores. Nada más bajar del coche la pareja sentirá el abrigo reconfortante de un entorno mágico. Acaban de llegar a uno de nuestros hoteles burbuja donde el mal rollo y los agobios macerados en las rutinas de la vida cotidiana se esfuman arrastrados por la súbita sospecha de estar a punto de disfrutar de una velada inolvidable. Mientras cenan en nuestro restaurante, degustando para la ocasión una cocina manchega a la altura de las circunstancias, se descubren más cómplices de lo habitual, enredados de pronto en un juego de miradas sostenidas que les hace sonreír constantemente.
Se extiende la noche, cálida aún, cargada de efluvios y de expectativas que se cumplen con creces cuando nuestra pareja se traslada a la zona en la que pasarán la noche. Su parcela privada les recibe con un guiño en forma de burbuja, una estancia climatizada y provista de unas comodidades sugerentes que convierten esta Bubble de paredes transparentes en un lugar de exclusiva intimidad. Se sienten conectados, cómplices, compartiendo una efervescencia que les hace brillar la mirada de una manera tan especial que experimentan la sensación de estar regresando al principio, a los días en los que todo era posible.
Esta es la magia, el encanto extraordinario que late en nuestros hoteles burbuja, lugares cocinados con ingredientes perfectos, tramados pieza a pieza para acariciar el corazón y borrar de la memoria a todos los navegadores GPS del mundo.